Junta Mayor de la Semana Santa Marinera de Valencia

Jueves, Marzo 23, 2017

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2009 intropregonDistinguidas autoridades eclesiásticas, civiles y militares,
Sra. Presidenta de la Junta Mayor,
Sr. Prior de la Semana Santa y rectores de las parroquias del Cabanyal, Canyamelar y del Grau,
Presidentes, hermanos mayores,
miembros de la Semana Santa Marinera,
vecinos del mar valenciano,
valencianas y valencianos de este mar,
amigas y amigos,

Aunque tengo palabras, os ofrezco mi silencio. Mi silencio ante el sepulcro del Crucificado, porque las palabras, mis adjetivos atropellados y mis sustantivos atronadores me los reservo para cuando llegue el alba de gloria con su estrépito de consuelo, alegría y esperanza. Pero vosotros queréis escucharme contar, en esta tarde del marzo valenciano, la inminencia del Resucitado y yo, que no se hablar sino a Dios con mi silencio, tendré que esforzarme para que se escuche mi voz por encima del miedo, el frío y el abatimiento de vivir aún en el antes del después de la muerte.

A eso vine, en eso estoy. Porque aquí sólo tengo amigos y, por esa amistad, me atrevo a tomar la palabra a sabiendas, como he dicho, de que a esta hora mi corazón creyente permanece en silencio.

Amigos, ya está cercana la celebración más importante del calendario cristiano. Ya se ve venir, como una proa en el horizonte, la sombra de esa piedra angular de la alianza entre Dios y los hombres que es la Semana Santa. Y, más allá de lo meramente litúrgico, ya llega también para nosotros la procesión de los hombres y mujeres de la mar, la representación viva de la vida que arranca eternamente de la mar, con la que nuestro pueblo saluda siempre sus primaveras en el Cabanyal, el Canyamelar y del Grau de Valencia.

Yo también soy de aquí, mi familia vivía junto a Santa María del Mar, en el Grau, y aún sigue en pie la casa en la que mi bisabuelo abrió su consulta de médico hace más de cien años, y la fábrica de mi abuelo, y las huellas que dejó jugando en la Escalera Real del Puerto el niño que fui. Tengo que deciros que, para mí, que he nacido de esta mar y he vivido a su orilla y he dormido arropado por ella y me la he comido y con las rodillas clavadas en su arena pienso un día morir, la Semana Santa, como el amor o la vocación, sólo puede ser marinera para que la comprenda mi inteligencia azul. Otros pueblos celebrarán, en su tierra adentro, la resurrección de nuestro Señor, pero nosotros, pobres de nosotros, ¿cómo hemos de entender que después de todo empieza todo si no es frente al infinito escenario de nuestra mar mediterránea?

Pensad amigos que además, cada primavera, nuestros ojos vuelven a ser los ojos del Salvador frente a la mar que, en sus días, no llegó a ver. El Cristo eterno, el Cristo ante el que se doblegan todas las tempestades del mundo, vivió en el Mediterráneo pero nunca vio el Mediterráneo. Nunca lo miró, quizá lo escuchó bramar a lo lejos y quizá su brisa, alguna tarde de verano, alivió el calor de su frente, pero no se mojó en sus aguas. Tan cerca pasó de su orilla sin contemplarlo que nuestra Semana Santa marinera seguro que se celebra también para que la observe el propio Mediterráneo, para calmar su vieja nostalgia del Pescador de pescadores de hombres dormido en una de sus playas.

Las referencias al mar que aparecen en los Evangelios hablan del Tiberíades, pero sólo es un lago del interior de Israel ligado al río Jordán. Pensadlo, Jesucristo no estuvo ante la mar. Y, a ese Jesucristo que jamás vio el mar, vosotros le dais un mar en nuestras orillas y, al mar inacabable, que recuerda a Jesucristo como un hermoso sueño, vosotros le regaláis la estampa de la resurrección del Salvador. Amigos, sois vosotros los que cada año presentáis a Jesús y al mar, porque sabéis que la vida sigue el curso del agua y que, el Cristo que nos señala el día que vendrá tras el horizonte, desemboca como un torrente en el océano de sus hermanos unidos por la muerte. El nuestro es un Cristo al que el amor hace de agua marina.

Los valencianos somos un pueblo de agua, dulce y salada, es decir, un pueblo de vida. La historia de nuestros antepasados se hizo luchando con las aguas de la mar, a su lado y frente a ellas. Somos del mar luminoso de nuestras infancias que refleja la luz del sol en las fachadas del alma, pero que a veces se torna bravío y que duele; del mar que guarda tantos ángeles como demonios en sus entrañas, pero que siempre está recién parido como una madre o entregado a corazón abierto como un padre.

Es cierto que la vida de nuestros campos, de nuestros pueblos y de nuestras ciudades es la vida que fluye por nuestros ríos. El agua que necesitamos es agua dulce, la que permite crecer a las plantas y a las personas. Pero somos mediterráneos, y ese carácter sólo lo da el agua del mar mediterráneo, porque, aunque salada no la bebamos, el agua azul nos vive.

Decía antes, que los Evangelios no nos cuentan ningún encuentro entre Jesús y el mar. No importa. Pablo de Tarso, el apóstol de los gentiles, hizo del mar el camino de sus sandalias. San Pablo, como tantos pescadores que viven y han vivido en estas casas que nos envuelven, supo lo que es luchar contra el mar embravecido. Pero también conoció que el mar, sus corrientes, sus vientos, son cauces privilegiados para la transmisión de la Palabra y el ejemplo.

Las mismas olas que ahora se deshacen pausadamente en la arena blanca de la Malva-rosa, puede que dentro de unos días lo hagan en las costas de Israel, Italia o Egipto. Son las olas que llevaron a San Pablo a Malta tras su naufragio, las olas que acompañaron a San Pedro a Roma o las que vio san Juan desde la isla de Patmos cuando escribía el Apocalipsis. Estas olas son parte de nuestra historia. En esas olas somos nosotros.

Por eso, los católicos valencianos somos marineros y por eso la Semana Santa Marinera nos explica tan bien ante el mundo. Porque recoge específicamente el carácter mediterráneo que nos hace ser de Valencia. Celebraciones de Semana Santa hay muchas en toda la cristiandad, y muchísimas en España, pero todas ellas son la Semana Santa de algún sitio: Sevilla, Málaga, Valladolid, Zamora o Minglanilla por ejemplo. La Semana Santa de Valencia no es de Valencia, es Marinera.

Quien se aproxime por primera vez a esta Semana Santa que no busque una relación inmediata entre la rememoración de los actos de la Sagrada Pasión y el mar, y los barcos, y las anclas y las redes que no la encontrará. Estas celebraciones son «marineras» porque son de los marineros, de las gentes del mar en su acepción más amplia. Lo único que nos diferencia de otras procesiones es que nuestra gente, si pudiera, llevaría sus pasos caminando sobre la marea.

Los actos que a partir del día 2 de abril tendrán lugar en nuestras calles y en los templos son actos populares. Las familias se reúnen, las casas se abren, en cada esquina del barrio se respira un ambiente diferente, un pellizco de trascendencia, de misterio y de fe lo inunda todo. El bullicio habitual deja paso a un silencio que sólo se rompe por el grito de la corneta o el gemido ronco del timbal. Y por el paso sosegado de las imágenes que evocan cada uno de los capítulos de la Pasión. Desde San Mauro a El Rosario, dolorosas, sayones y granaderos, desde Santa María del Mar a los Ángeles, longinos, pretorianos y nazarenos, un pueblo haciéndose pueblo, y una historia definitiva vuelta a contar.

Y vendrá, seguro que vendrá, el silencio de la más fría de las madrugadas y el recogimiento ante la impresión de esos clavos que se hundieron en la piel de un hombre humilde, pobre e inocente, y la compasión ante ese costado desgarrado por la lanza, y vendrá la meditación ante el Monumento. Pero no temáis, porque cuanto más cercano el dolor más próxima la alegría, porque ese madero yermo de la cruz tiene las horas contadas, y de esa madera dura y seca nacerá el Árbol de la Vida.

¿Qué puedo contaros que no sepáis? La Pasión y muerte del Señor que vuestro fervor logrará suavizar con el colorido de las flores y de las vestas nos situará frente a un espejo en el que nos miraremos y no encontraremos a nadie. Y tanta angustia será para liberarnos después, para explotar finalmente en la gran manifestación de gozo y alegría que es el desfile del Domingo de Resurrección, donde el ruido, el color, la felicidad y todo confluye en la fiesta del día de Gloria por antonomasia en nuestra cultura, en nuestra tradición y en nuestra ciudad.
Esta danza de la vida de los poblados marítimos de Valencia comienza a las doce de la noche del sábado, cuando la loza rota vuela por las ventanas porque no sirve a los hombres renovados. Y si no hay loza vieja los marineros lanzan agua vieja, otra vez el agua, con la que empapar las calles. Y el famoso desfile que viene de mañana no cuenta con autoridad eclesiástica ni civil que lo presida, ni lleva imágenes ni tallas o figuras y todo el mundo circula a pleno sol y con la cara descubierta y sonriente. Se abre y se vacía cada casa y por sus puertas se escapan a recibir la luz del cielo todos los que festejan que están vivos. Es la única celebración pública pero laica de la pascua cristiana que yo conozco y me parece, por ser del pueblo sin sus pastores, la más sincera, la menos obligada y la más humana de todas.

Será entonces la Resurrección del Redentor. La victoria final y definitiva sobre la muerte. Atrás quedarán la soledad de la Oración del Huerto, la falta de piedad ante el Ecce-Homo o las caídas con la cruz a cuestas siguiendo el curso del Calvario. La tortura, el sufrimiento, el desgarro habrán acabado: «no está aquí el que buscáis, ha resucitado».

Será el triunfo merecido del bien sobre el mal, de la verdad sobre la mentira, del nacimiento sobre la muerte, del hombre libre sobre sus perseguidores. De las viudas, los ancianos, los mendigos, los enfermos, los niños sin escuela, los jóvenes sin empleo, las mujeres maltratadas, los adultos sin oportunidades, los inmigrantes sin techo, los hambrientos, los hijos más amados de Dios. Cuánta fortuna llevarte a pecho frente a nuestras playas, Señor. Qué suerte tenerte en el pensamiento mostrándonos el verdadero y auténtico valor de la persona humana. Qué inmerecida propina saber que por Ti estamos hechos del material con que se explica el universo y que estamos llamados irremisiblemente a perdurar, como las estrellas, la poesía, las células y, claro, las olas. Y saber que, por tu sangre, nuestra vida adquiere un valor precioso desde el mismo principio de su principio y que ese comienzo es sagrado por encima de cualquier ley del hombre.

Por eso, Señor, nuestra respuesta para Ti es "sí". "Sí" porque lo valen todos los seres humanos. "Si" para empezar a hablar. "Sí" para escuchar. "Sí" porque lo merece el pasado, el presente y, sobre todo, el futuro de los pueblos, sin distinción de razas y colores. "Sí" porque lo necesita el esfuerzo de seguir consiguiendo más libertad, más igualdad y más bienestar para quien más necesita la libertad, la igualdad y el bienestar.

"Sí" porque los creyentes no venimos cada año hasta aquí para arrugarnos, ni para conformarnos, ni para pensar hacía atrás. Señor, a la pregunta de por qué sí, ¡sí!

"Sí" para confirmarnos en nuestros ideales. "Sí" para seguir defendiendo una fe que siempre fue constructiva. "Sí" para continuar siendo bien pensados, ingenuos y confiados. "Sí" para sumar y para atender sin prejuicios y para compartir sin reparos. "Sí" para complementar una Iglesia participativa y dispuesta a ser participada por todos. "Sí" a la gente al servicio de la gente, a las personas que aman a las personas, a los hombres y mujeres que entregan sus vidas por amor como nadie las entregaría por dinero.

Un "sí" para consentirnos las mejores expectativas; un "sí" para permitirnos fijar nuevas metas; un "sí" afirmativo, sin condiciones. El "sí" de Dios que es el "sí" mas feliz, optimista y satisfecho, el "sí" del que sabe que resucitará.

Decimos "sí" porque estamos con los que pueden y con los que quieren y con los que no pueden pero quieren querer. Decimos "sí" porque siempre preferiremos el camino a la silla más cómoda. Decimos "sí" porque nos quedamos con la calle antes que con los despachos. Vivimos tiempos duros y pobres y, por eso, nuestro "sí" en esta Semana Santa será un "sí, Señor"; "sí, Señor" sabremos ser hermanos de nuestros hermanos.

Para el "no", los que se apean antes de dar el primer paso. Para el "no", los que dicen jamás y nadie. Para el "no", los que siempre creyeron estar bien estando como estaban.

Para el "no", los conformistas y los resignados. Para el "no", los que no lo intentan y dicen que no saben. Para el "no" los que no saben y no preguntan. Para el "no" los que saben y no enseñan. Para el "no" los que sólo ponen pegas, zancadillas y motes. Los expertos en criticar, menospreciar y rendirse. Los avariciosos, los codiciosos, los especuladores. Los que se harán viejos cargados de razón, de rencor y de orgullo.

Nosotros decimos "sí", porque cuando decimos "sí", decimos "todos". Y cuando decimos "todos", decimos "vivos". La nuestra es la cultura del "sí", la cultura de la vida, la cultura de aquellos para los que la muerte nunca es la solución a nada.

Otros elegirán la muerte que nosotros, Señor, no somos de la madera del madero de la cruz sino del agua de la mar por la que anduvo el Cristo resucitado, de nuestra mar. Que nosotros elegimos la vida.
Veïns del Grau,
Gents del Canyamelar,
Amics del Cabanyal,

Busqueu cornetes i tambors, que la bona mar està al nostre costat, que les barques semblen noves i que el Redemptor ja ens espera com sempre en la platja. Com sempre.

Moltes gràcies.