pegon2018




Me pongo en manos de Dios para que me ayude, por eso, como en ocasiones similares quiero invocarle de esta manera…

Hazme conocer, Jesús, tu amor y tu dolor,
tu amor dolorido, tu dolor enamorado,
bandera roja y blanca, clavada
en el corazón mismo de la muerte.
Que me sepa de memoria, en comunión,
tus llagas y tus rosas.
Que pueda colaborar, Jesús de mis amores,
en tu victoria compasiva, silenciosa;
haz de mí una nota sencilla de tu Pascua,
oh Señor del amor y de la vida.
Hazme cercano al dolor de todos los hombres,
sacramento vivo, renovado de tu pasión.
Hazme testigo de tu paciencia y de tu amor.

El Evangelio nos muestra a Jesús dispuesto siempre a ofrecer a los hombres la posibilidad de un nuevo comienzo, porque cree que éste siempre es posible. Es verdad, en Cristo Jesús descubrimos donde está la verdadera grandeza del ser humano, cuáles son nuestras posibilidades, dónde está el secreto último de la vida. A través de situaciones paradójicas es posible encontrarse con la muestra más acreditada de lo que define el amor más bello, que sin reclamar nada, ni siquiera se impone por su evidencia. La discreción y la gratuidad son compañeras del gesto amoroso más noble y más grande.

Sí, Dios es amor (1 Jn 4, 8). “Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esa verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar” . La gran verdad, la buena noticia que Jesús nos da, es que somos amados, que Dios nos ama. Entonces, si Dios nos ama, ya no hay nada que temer. “Ya nada ni nadie nos puede separar del amor de Dios manifestado en Cristo” (Rm 8, 35-39). Vamos a dejarnos amar, vamos a sentir la fuerza y la ternura de su amor, y vamos a tratar de corresponder confiando en Él, abandonándonos a Él y amándole con todo nuestro corazón.

“La fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita a su vez el amor. El amor es una luz –en el fondo la única- que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar. El amor es posible, y nosotros podemos ponerlo en práctica porque hemos sido creados a imagen de Dios. Vivir el amor, y, así, llevar la luz de Dios al mundo”
Dios nos ama para que nos amemos. Nuestra vida entera está marcada por el amor de Jesucristo. Dios nos ama no tanto para que lo amemos, sino para que nos amemos, a la manera de Cristo:
o Un amor hecho servicio, la diaconía, disposición para lavar los pies de los hermanos, el amor hecho vida a través de nuestras manos.
o Un amor ungido en la misericordia, el perdón, la compasión, la ternura, la ayuda entrañable, el amor de las entrañas.
o Un amor de amistad y cercanía, de integración y comunión, superando distancias y diferencias, prejuicios y rivalidades, un amor fiel, que permanece, una sola alma, el amor del corazón.
o Un amor marcado por la generosidad, que no retiene, que abre siempre la mano, que comparte cuanto tiene, que se despoja y se hace pobre.
o Un amor de entrega, que da de sí mismo, de su tiempo y sus talentos, que se da a sí mismo, hasta el extremo .

Sí. “Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva. En su Evangelio, Juan había expresado este acontecimiento con las siguientes palabras: -Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todos los que creen en él tengan vida eterna- (Jn 3,16)” . Es así como podemos comenzar a comprender la grandeza y la belleza de nuestras vidas…

Deja que te diga: pastor mío,
mi guardián, mi director y mi abogado.
¡Qué dicha escuchar tus dulces silbos
y que deseo de seguir tus pasos!
¡Qué seguridad y que paz sentirme
protegido por tu enérgico cayado!
Nada temo, nada me turba, nada deseo,
porque vas, pastor, siempre a mi lado.
Eres mi tesoro y mi arma secreta,
mi fuente íntima y mi pan cotidiano,
mi banquete, mi copa que rebosa,
mi música y mi vestido perfumado.
Si enfermo, me curas con cariño;
si me canso, me llevas en tus brazos;
si me equivoco, me enseñas con paciencia;
si me pierdo, me conduces al rebaño;
si me atacan, me defiendes victorioso,
y si muero, Vida mía,
me haces vivir en tu costado.
Gracias, Pastor, por aceptarme,
como oveja de tu gran rebaño.
Cantaré tu amor eternamente,
mi puerta, mi pastor, mi dulce pasto.

Estas bellas palabras animan a la confianza. ¿Cómo crecer en esta confianza en Dios, como cultivarla y alimentarla en nosotros? Lo que realmente inspira confianza es contemplar a Jesús, que da su vida por nosotros, y alimentarnos de ese amor demasiado grande que nos manifiesta en la Cruz. ¿Cómo esta prueba suprema de amor –nadie tiene amor mayor que el de dar la vida por sus amigos (Jn 15, 13)- incansablemente contemplada, embargada por una mirada de amor y de fe, no ha de fortalecer nuestro corazón con una confianza inquebrantable? ¿Cómo no ha de estar por nosotros, plena y absolutamente a favor nuestro, cómo no ha de hacer todo por nosotros ese Dios amigo de los hombres que entregó a su hijo por nosotros?

En nuestras Cofradías, Hermandades y Corporaciones, en nuestra Semana Santa Marinera contemplamos este misterio de amor. Es una manifestación extraordinaria de nuestra historia, de vuestra historia cristiana. “Las formas propias de la religiosidad popular son encarnadas, porque han brotado de la encarnación de la fe cristiana en una cultura popular. Por eso incluyen una relación personal, no con energías armonizadoras sino con Dios, Jesucristo, María, un santo. Tienen carne, tienen rostros…” No olvidemos esto, somos herederos de este hermoso legado y responsables de transmitirlo con fidelidad inquebrantable: “En la piedad popular, por ser fruto del Evangelio inculturado, subyace una fuerza activamente evangelizadora que no podemos menospreciar: sería desconocer la obra del Espíritu Santo. Más bien estamos llamados a alentarla y fortalecerla para profundizar el proceso de inculturación que es una realidad nunca acabada. Las expresiones de la piedad popular tienen mucho que enseñarnos y, para quien sabe leerlas, son un lugar teológico al que debemos prestar atención, particularmente a la hora de pensar la nueva evangelización” .

Llegarán pronto los días litúrgicos del Triduo Santo, cuando en comunidad nos agolpamos en torno a la Pasión y la Cruz para sentir con Cristo el perdón, la paz y el deseo de entrega, para abrazar la cruz salvadora en el camino a la luz y la resurrección, no podemos menos que recordar ahora el himno de la liturgia de las horas:

“En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero al verte mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.
¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?
¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?
Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mi todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en mi boca pedigüeña.
Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta” .

Sí, es cierto, Señor, ahora no quiero pedirte nada, quiero estar junto a Ti y dirigirte mi oración, como al hermano de la confianza, al maestro de la sabiduría, al amigo del consuelo, y expresarte mi deseo más profundo, el que habita en mi interior desde que aprendí a conocerte poco a poco, de querer seguirte, quiero hacer público mi deseo de expropiarme contigo y que se puedan repartir también mis túnicas, que no son de una pieza como la tuya, pero que, en Ti, son cosidas con el amor de la esperanza y de la eternidad unificada que me sostiene y me serena. Mi deseo descubierto en la oscuridad de la tarde santa, en la serenidad de la vida, en éste: “Señor, quiero ser como tú”. Quiero serlo en tu pasión, dejar que tus palabras me iluminen y me abran a la trascendencia de un absoluto que sólo tiene la medida del amor y la misericordia, de la sanación y del consuelo, de la luz y la esperanza en medio tanto dolor. Déjame hacerlo con tus palabras sagradas de pasión y muerte, que me alumbran en el grito de una creación que ya se va sintiendo nacer en tu corazón de espíritu entregado en las manos del Padre.

Ante ti, ante tu cruz, queremos ser como tú y perder nuestros miedos. Nada ni nadie debe quitarnos el deseo de que la justicia sea justa para todos. Gritar ante la injusticia con la fuerza de la bondad, hablando bien frente a toda injusticia y violencia. Soñamos con tu libertad creadora, la que interpela los dinamismos de los fuertes que imponen sus verdades a costa de golpes en el rostro de los sencillos y los débiles. Sólo hemos de temer a la connivencia con el poder injusto que destruye y hace sufrir a los que, con la verdad del amor, construyen el día a día de la historia en el anonimato del trabajo callado y esforzado para sostener nuestro mundo. Queremos como tú ser voz de los que no la tienen, nos atrae tu respuesta valiente, y queremos besar la cruz de la valentía que nace de tomar postura junto a los que sufren. Soñamos con una boca y unas manos que nunca hieran, ni ofendan, que sólo amen y proclamen la justicia.

Sí. Los discípulos de Jesús descubrimos el Misterio último de Dios encarnado en su amor y entrega extrema al ser humano. No olvidemos nunca que en el amor de ese crucificado está Dios mismo identificado con todos los que sufren, gritando contra todas las injusticias y perdonando a los verdugos de todos los tiempos. En este Dios se puede creer o no creer, pero no es posible burlarse de él. En el confiamos los cristianos. Nada lo detendrá en su empeño por salvar a sus hijos e hijas.

Vivid la Semana Santa. Vivamos la Semana Santa. Contemplemos la Cruz, la victoria del amor. Contemplemos la cruz. Descubramos en ella al hombre verdadero. Aprendamos su camino. En Jesús, muerto de Amor, está presente Dios mismo glorificando, coronando, dignificando y salvando al hombre. Así nos lo enseña el Papa Francisco: “Este es el tiempo de la misericordia. Cada día de nuestra vida está marcado por la presencia de Dios, que guía nuestros pasos con el poder de la gracia que el Espíritu infunde en el corazón para plasmarlo y hacerlo capaz de amar. Es el tiempo de la misericordia para todos y cada uno, para que nadie piense que esta fuera de la cercanía de Dios y de la potencia de su ternura. Es el tiempo de la misericordia, para que los débiles e indefensos, los que están lejos y solos sientan la presencia de los hermanos y las hermanas que los sostienen en sus necesidades. Es el tiempo de la misericordia, para que los pobres sientan la mirada de respeto y atención de aquellos que, venciendo la indiferencia, han descubierto lo que es fundamental en su vida. Es el tiempo de la misericordia, para que cada pecador no deje de pedir perdón y de sentir la mano del Padre que acoge y abraza siempre” .

Sí. Vive santamente estos días para que puedas entrar en la hondura del amor, que pasa por la hondura del dolor. Son días gozosos, porque, aunque se sufra, se vive en esperanza. Son días también comprometidos, días de acercarse a todos los que celebran en vivo estos misterios. Vive la Semana Santa desde la oración y la contemplación. Celebra los misterios sacramentales y acércate a los sacramentos de la vida. Caminemos con Jesús en la Pasión para llegar juntos a la fiesta de la Pascua…





En esta tarde de palabras, música y emociones,
desde este lugar tan emblemático de la ciudad de Valencia,
que en la Semana Santa quiere mostrar su esencia,
me dirijo a todas las Cofradías, Hermandades y Corporaciones.

Llegan días de silencios, de desfiles y procesiones,
serán jornadas de recogimiento y fraternal convivencia,
para ponernos siempre en manos de la Divina Providencia,
sin que falten en ningún momento nuestras plegarias y oraciones.

La fidelidad al mandato del Señor deben ser nuestras manifestaciones,
sin olvidar que el otro es mi hermano, como consecuencia,
para crecer en capacidad de amar y benevolencia,
encendidas siempre en fuego de amor en vuestros corazones.

Que sea entrañas de amor en regazo de acogida vuestras relaciones,
envueltas permanentemente con la túnica de la paciencia,
el amor de Dios, en confianza y gratitud, vuestra experiencia
el gozo, la paz, la esperanza y el perdón, vuestros pulmones.

Amor sin límites, abrazo de piedad y bendiciones,
misterioso acontecimiento de reconciliación y trascendencia,
cercanos a los pobres, a los que sufren, siempre en nuestra conciencia,
buscando y deseando la verdad y la justicia en nuestras inspiraciones.

Tu cruz adoramos Señor, tu Cruz y tu amor son nuestras devociones,
la Iglesia vive fiel a tu memora y anhela tu presencia,
pues buscamos tu rostro y no podemos resistir tu ausencia,
y queremos, en fin, amar de veras, aprendiendo tus hermosas lecciones.

Y caminamos con María, compasión y ternura a borbotones,
María, Madre nuestra, Madre de toda la humanidad, es herencia
abandonarnos seguros y confiados a su amor es exigencia,
dejarnos como niños en sus brazos para que acoja nuestras peticiones.

Y después vendrán los días de la Pascua, de esperanzas, ofrendas e ilusiones,
ahora, en “Los Ángeles” la Semana Santa Marinera es mi audiencia,
para este pobre pregonero ruego a todos comprensión y clemencia,
pues en nombre de Jesús de mis amores quiero encender vuestras pasiones.




Muchas gracias.


Arturo Ros Murgadas
Obispo Auxiliar de Valencia